18.4.07

El Grava


Me presento de buena mañana en la Unidad de Cuidados Intensivos, segundo cajón a la derecha (el de debajo de los cubiertos) en la cocina. Repleto de medicamentos y gelocatiles, bastantes de ellos caducados, voy a por mi dosis diaria de antiinflamatorios, antibióticos y paracetamol, y alguna otra cosa que siempre encuentro para completar el pack, todo ello para combatir el impacto desestabilizador de la semana, consistente esta vez en una combinación de catarro y dolor de muelas, producto de una primavera que ha pasado de puntillas y que ahora se descuelga con ínfulas de verano, de un vergonzante tabaquismo y de una piorrea más o menos liquidada pero que, de vez en cuando, reivindica su memoria. Ya lo sé, parece un chiste. A partir de cierto grado de adicción, lo mejor es tomarse el protector estomacal de buena mañana porque nunca se sabe lo que te deparará el bendito día. A la vejez, viruelas, dice el proverbio.
Salgo de casa convertido en un TITÁN, con mi traje, mi corbata y mis recuerdos y, al bajar la rampa del parking, me tropiezo, enseguida, con el guarda. Al guarda del parking, gallego, para más señas, le he puesto un apodo secreto, El Grava, cuyo significado, de amplio espectro (como los antibióticos de House), recoge las múltiples facetas del personaje, todas ellas la mar de surrealistas.
El Grava se ríe de los pobres ilusos que van salir este fin de semana a las carreteras de nuestra bendita Comunidad Autónoma. Y no se te ocurra sacar el tema de la lluvia en Galicia porque allí destaca su pericia. Lo del Grava es inmovilismo preventivo. El Grava es un sapiens sapiens, aunque a veces, por sus movimientos en general y sus giros de cabeza en particular, se parezca más al tipo neardenthal. Se pasa las noches pegado al transistor, aunque uno no sabe si es en realidad el transistor el que le sigue a él a través de los diversos vericuetos de un Parking con las columnas desconchadas y las líneas de delimitación de los aparcamientos absolutamente borrosas, como la misma noche. Aunque, todo sea dicho, si su equipo pierde el partido, se transforma en un conversador fácil, olvida fácilmente sus procedimientos gallegos de diálogo, aparca (nunca mejor dicho para el lugar en donde estamos) el depende y la repregunta y empieza su letanía de que los jugadores son unos mamones, que cobran demasiado para lo jóvenes que son y lo que hacen, que se escaquean hasta de entrenar, que no se merecen ni que se les mire a la cara y cosas por el estilo. Más o menos lo que escucha de lunes a viernes, de las 00,00 horas a la 1,30 en El Larguero, de José Ramón de la Morena.
Una de esas noches de agosto de calor sofocante, decidimos, con Marga, darnos un paseo hasta la Rambla de Poble Nou. El coche se sabe el camino de memoria, aunque, sin querer restarle méritos, todo el mundo sabe que nada mejor que para una tarde noche sofocante de verano que tomarse una horchata o una leche merengada en la Orxateria El tío Che de la Rambla de Poble Nou, número 43. A colación del comentario recurrente sobre el calor, Marga le dice al Grava:
- ¡Nos vamos a tomar una leche merengada!
Y El Grava, mohíno, mohíno, responde:
- Ya me tomaría una bien a gusto, con la noche de calor que me espera – A lo que Marga, son cortarse un pelo le sugiere, a su vez, ¿quiere que le traigamos una? ¡Y el Grava que no dice que no! Para ser precisos, deja caer un:
- No le digo que no
A las once de la noche al Grava, arrastrando su desgarbado y desvaído cuerpo, barruntando de aquí para allá, preocupado muy probablemente por su hijo en paro y porque no le rescindan su contrato en el Parking (cosa que finalmente ocurrió, pero mucho más tarde que otros, que duraron lo que un suspiro), al Grava –decía- le sirvieron una leche merengada ungida con deliciosa crema de canela y con una pajita con colores a rallas rojas y blancas, como los de un pijama. Cortesía de la casa.
- Ahora sí que no me lo quitaré de encima - comenté yo, con esa estilo quejica y perezoso, tan típicamente masculino.
No me atrevo siquiera a intentar expresar la mirada de ternura que se desprendió de sus ojos, los de Marga, porque hay cosas que sencillamente no se pueden explicar. Cerrando los ojos como sólo lo sabía hacer ella, como si con una simple mirada se pudiera acariciar el mundo. Igual que se cierra una cortina de buena mañana, cuando la luz del sol te da en los ojos, sin que ni siquiera el astro rey, cabeza visible de nuestro sistema planetario, se atreva a molestarse por ello, tan delicadas manos, las mismas que cierran los párpados de la noche como quien acaricia una estrella, las que con una diminuta llave abren la caja de música de los sueños.
Foto obtenida de la web del Tío Che
http://www.eltioche.com/indexcat.htm

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3 comentarios:

Blogger CatiSampolFrontera ha dicho...

Pobre Grava!

Yo que al principio le veia como el Yeti, y ahora sólo me infunda ternura.

12:19 a. m.  
Blogger CatiSampolFrontera ha dicho...

Maravilloso relato, para leer junto a una leche merengada con crema de canela y una pajita de rayas rojas y balancas.

Un saludo

12:21 a. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Gracias Cati. Agradezco infinitamente tus comentarios y tu presencia. Por cierto, he incluido tu blob en “mis páginas recomendadas” como no podía ser menos.
Estuve 15 meses en Palma, supongo que ya adivinas por qué. Teníamos un pisito-sótano en la calle Serra número 7, en el casco antiguo de la ciudad y por aquellos tiempos escuchábamos las “novedades” del momento: Yes (Al borde del abismo), Neil Young (Harvest) y aquella cancioncilla tan guapa y sonsa: Killing me softly with his song, de Roberta Flack.

8:37 p. m.  

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