3.3.07

Carles Verdú: Constanza




Carles Verdú es un tipo grandote y corpulento que sólo utiliza la sonrisa para los descansos. Como en el básquet. Porque la sonrisa es una palabra demasiado blanda e insuficiente para definir a Verdú. Sería como emplear el símil del violín cuando podemos hacerlo con un instrumento más contundente y expresivo como el trombón de varas.
Mi muy personal apreciación (y quizás me equivoque, aunque lo dudo) es que el Verdú-fotógrafo no es exactamente un cazador de imágenes a lo Cartier-Bresson. Él no espera agazapado a que la imagen surja, cual liebre veloz, para cazarla con su artilugio de retratar. Lo suyo es sentarse a esperar en el portal de su imaginación. A esperar que el tiempo pase por la calle donde él transita. Dicho de otra manera: yo diría que no le gusta sentirse atrapado por la ansiedad y el desasosiego del típico artista fou. Verdú es un individuo tranquilo. Un quiet man.
Porque, diría yo, este individuo eternamente joven tiene ese don que no se aprende ni se adquiere, sino que se acepta, como se aceptan los Dioses y sus designios. A veces se sienta en el portal de su casa y se queda pensativo y, ¡ZAS! De pronto la belleza, a veces descarnada, siempre sorprendente, pero nunca postiza, va en su busca y no para hasta conseguir el “clic” de su cámara. Carles Verdú es así, te transmite el calor de sus convicciones. Y no lo hace a empujones, sino con la afabilidad del que no debe nada a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Cualquiera podría pensar que Constanza es una foto estudiada hasta el último detalle, ese bello cuerpo en tensión que atraviesa la imagen en diagonal, como un aspa o un cuchillo. Pero yo estoy seguro que Verdú apenas musitó alguna que otra indicación, que Constanza es así, bella como el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección.
O vete a saber, quizás en ese momento sonaba alguna canción de Pastora. Quizás la misma que escuchaba yo mientras escribía esto. Quizás, Constanza ni siquiera se llame Constanza. Puede que se llame Lola.
No me llames Dolores, llámame Lola, la que siempre va por Barcelona buscando follón.
Ay, ay, ay, Lola.
Me pregunto si es capricho es a ti a quién necesito.
Y no pude menos que preguntar al artista.
- A mí que me registren- me respondió, mientras su risa conmocionaba el mundo.

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