20.3.08

Estación de tránsito

Recorro la calle de los días y reconozco que a veces temo que me ocurra lo que a Pessoa con su calle de los Doradores, cuando pensaba – y se lamentaba - que nunca saldría de esa calle. Que sólo por el mecho de escribirlo, ese tiempo le parecía entonces una eternidad.
Yo me temo algo todavía peor: que, lo escriba o no, me pase lo que a él. Y por eso mismo, cuando recorro esta otra calle, la de los días, esos mismos días que a los catorce o dieciséis años son interminables y que, sin embargo, pasados los cincuenta ya no son nada, una espuma. Y es en ese preciso momento cuando presiento, como algo real, que el paso del tiempo es definitivo y que una vez has llegado hasta donde has llegado ya no hay vuelta atrás.
Y de esta manera tan simple, con este tipo de reflexiones tan poco profundas, tengo bastante para casi tocar la primavera con la yema de mis ojos. Como tantas otras veces antes que ahora, mientras decido si bufanda sí o bufanda no, abrigándome y desabrigándome de la mañana a la noche, y viceversa.
Su aspecto - el de la primavera - no es envidiable que digamos. Viste nubes grises, botines de invierno y le asoman los faldones de una camisa de franela por el pantalón, que es como decir, sus vergüenzas de esta comparecencia con carácteres de ni chicha ni limoná. Por las mañanas sus pupilas madrugan y enrojecen entre los coágulos rojos del cielo. Y como voy a una velocidad de tortuga, no por menos cumplidor, sino porque entre los coches aparcados, armazón infranqueable que ríete de la línea Maginot, los ciclistas de este entrañable invento del bicing invadiendo las aceras y dándote algún que otro susto de muerte, los motoristas saltándose los semáforos en rojo y los peatones avanzando en formación, como los romanos por la Vía Apia, todos en general y sin demasiadas excepciones, con sus miradas inexpresivas, sus prisas y fumando como carreteros aprovechando que han salido de tal lugar o están a punto de entrar en aquel otro.
Con este cuadro, para desanimar al más optimista, a uno le cuesta llegar a algún sitio razonable. A estas alturas del siglo, que ya parece más viejo de lo que en realidad es, prefiero la caricia de la distancia, las escaleras sin cielo y el tiempo sin besuqueos. Porque ahora ya sé que ni los dioses me devolverán lo que era mío, ni cruzaré esas calles prohibidas que tan jovialmente prometí recorrer. Al fin y al cabo, ya son las siete de la tarde, la hora más cobarde y en la que la tristeza tiene un sabor a almendras amargas y a estación de tránsito.
Texto: Arturo Montfort
Fotografía de Marcelo Aurelio: Tren
8 de Noviembre de 2004
NOCTURAMA FOTOBLOG
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2 comentarios:

Anonymous El Ganso Goloso ha dicho...

Cómo me gusta tu texto y cuánto me identifico con él... Eres único, amigo Morsa, expresando esa melancolía inexpresable de las cosas cotidianas, la que nos hiere, por ejemplo y sin ir más lejos, cada primavera, y el desencanto teñido de ironía que nos permite sobrevivir a pesar de todo. Quizá no debamos leer a Pessoa en primavera, pero no sé si podremos evitarlo.
Gracias y sigue escribiendo así de bien.
Un abrazo

8:54 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Gracias Ana, me alegra doblemente el elogio proviniendo de una escritora, cronista y poeta como tú. Como puedes comprobar, escribo por un tubo. Los obsesivos compulsivos, al menos yo, no tenemos mejor forma de expulsar los demonios. ¿O sería mejor decir, engullirlos, hermanarlos? Ya lo dijo Julio, en fin, literatura…
Estoy a punto de pasar a la conversión del blog en una web. Niño con zapatos nuevos, aviso.
Besos

10:15 a. m.  

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