6.2.08

El primer día del mundo


No puede ser que esto exista, que realmente estemos aquí, que yo sea alguien que se llama Horacio. Ese fantasma ahí, esa voz de negra muerta hace veinte años en un accidente de auto: eslabones en una cadena inexistente, cómo nos sostenemos aquí, cómo podemos estar reunidos esta noche si no es por un mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas, de pura baraja en las manos de un tallador inconcebible…
-No llorés - le dijo Oliveira a Babs, hablándole al oído-. No llorés, Babs, todo eso no es verdad.
-Oh, sí, oh sí que es verdad – dijo Babs, sonándose-. Oh, sí que es verdad.
-Será – dijo Oliveira, besándola en la mejilla – pero no es la verdad.
-Como esas sombras - dijo Babs, tragándose los mocos y moviendo la mano de un lado para otro – y uno está tan triste, Horacio, porque todo es tan hermoso.
Pero todo eso, el canto de Bessie, el arrullo de Coleman Hawkins, ¿no eran ilusiones y no eran algo todavía peor, la ilusión de otras ilusiones, una cadena vertiginosa hacia atrás, hacia un mono mirándose en el agua el primer día del mundo?
Julio Cortazar: Rayuela, Cátedra, edición crítica, 1984, Pág. 179
Bessie Smith: in a bar...


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