16.9.11

Recuerdo de Estrellas


La gente confunde con frecuencia la nostalgia de otros tiempos con la melancolía natural del ser humano. Confunden, sin ser daltónicos ni socios honoríficos de la O.N.C.E., la línea tres del metro con la dos, el tiempo meteorológico con el tiempo privado, interior; el amigo con el compañero, el amanecer con El Alba (del viejo querido canoso sarnoso Luis Eduardo Aute), el miedo con el instinto de supervivencia, el domingo con la Fórmula I...

Dicen los científicos, cada vez más sabios y perplejos, que el tiempo y el espacio nacieron con la singularidad del Big Bang, que el universo era un punto “comprimido”  surgido de una “nada” anterior que nadie entiende, yo el primero. Que el universo es un círculo cerrado y “fuera” de él no existe ni el espacio ni el tiempo. Es más, que el espacio y el tiempo nacieron con el Big Bang. Y, mientras algún listillo pregunta en qué mandangas se entretenía Dios antes de La explosión inicial. ¿Es de extrañar que haya gente de vida disoluta, como esos llamados escritores, que “reescriben” lo vivido para empezar a creerse que de verdad han existido y no son la migaja de un recuerdo de estrellas que explotaron hace mil millones de años? ¿Es de extrañar que haya tipos cuyo desasosiego e inseguridad les impele a arrojarse (desde la cabeza) a una tarea tan inútil como la de escribir para que las máscaras dejen de ser menos máscaras?

¿Será por eso que tantos callan por la noche y otros toman la palabra? ¿No saben acaso que si un ser humano no sabe escuchar acaba perdiéndose a sí mismo?
No es la primera mujer que me lo cuentas, o eso me lo parece al menos. Bis a bis, utilizando esa franja horaria, las cinco de la mañana, en la que la intimidad parece mayor, por la hora pero también por el silencio, o porque el manto de la noche invita a confidencias o desahogos que en otras horas y con la luz del sol y las voces de los vecinos, y no digamos en estas fechas, justo el meridiano tranquilo y sereno de agosto cuando la marabunta se halla hacinada en montañas y llanuras, en playas y urbanizaciones, verdaderas colmenas del descanso reglamentario. Sí, justo cuando el caos a veces divertido de las emisoras debido a las vacaciones de sus locutores estelares hace que recurran a la música,  cuando cambio de dial constantemente, buscando siempre voces humanas, porque música ya tengo la de mi cabeza (desde The Cure hasta Peter Cincotti), que hablen de cualquier tema, incluso, cuando cambio el dial constantemente, me vendo por una moneda de tertulia deportiva, porque nunca pensé que la voz humana fuera un salvavidas más, y no lo digo yo, lo dice Inma Monsó: ”Es así como empiezan las vidas de los supervivientes. Un paso tras otro. Mecánicamente. Lo que sea, con tal de no pensar.

 

Vistas así las cosas, los hombres deben dormir o su pudor prevalece, porque sólo oigo que mujeres. Una voz emocionada que me pide una canción para su madre fallecida y yo, convertido en locutor sustituto, que salgo bastante airoso, dadas las circunstancias, “no llore mujer, seguro que su madre no gustaría que llorase”. Cambio de dial y me encuentro con una encuesta sobre si el primer amor es más poderoso. Ganan las que me dicen que hay un amor irrepetible, que luego han tenido otros, que los ha habido incluso en que han sido más “felices” (eso mismo, el amor y la felicidad son equidistantes pero no necesariamente coincidentes), que les han querido más, pero como dejó escrito Rilke, ese amor en la que una se ha arrojado por la ventana de sus sueños, en la que sintió lo que nunca más habría de sentir, quemadas sus naves para siempre, difícilmente volverá a repetirse. Y cuando la siguiente empieza con un sollozo entonces, varón inútil y pudoroso, cierro el transistor del baño y me voy al dormitorio, a ponerme los pantalones, donde en la otra radio amenazan con hablar de Cesc Fabregas… Y es entonces cuando empiezo a pensar, esto quiere decir que amanece…

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