18.12.06

Los chechenos (II)




En el capítulo anterior (Los chechenos):
“Aquel enero de 1994, la verdad sea dicha, resultó frío y desapacible. Los chechenos atacaban por todas partes como anunciando todo lo que nos acabaría cayendo encima diez años más tarde.”

Sí, ahora lo recuerdo bien. Dudaban los chechenos si invadir o dejarse invadir, astutos ellos...
Todo eso, inspector, debe pasarle a más gente que a mí. Se lo digo solicitando su consuelo. Uno se preocupa por cumplir con sus obligaciones laborales, familiares y demás... Incluso con las conyugales, que ya es cumplir. Procura comportarse como un ciudadano, digamos, aceptable. Y además, por si todo esto no bastara para ganarse el cielo, tiene golpes de filantropía, yo diría -sin querer parecer inmodesto-, encomiables. Tal como obsesionarse periódicamente por las injusticias de este mundo. Por lo de siempre (la hambruna, la muerte y la miseria) y, además, por la gran guerra civil que se nos avecina en oriente medio. Y todo ello gracias a la inestimable colaboración del maldito imperialismo yankee, a sus aliados occidentales en general y a los depredadores del estado de Israel en particular. Y, finalmente, a los negados y corruptos árabes. Y no digo fundamentalistas árabes, porque fundamentalistas son todos los mencionados, hasta nueva orden.
Si uno es así de cretino, es natural que se preocupe por los pobres chechenos. Y por eso mismo, es igualmente comprensible que busque consuelo en la belleza, aunque la belleza sea una pura abstracción, y eso a pesar de que sé perfectamente que, al fin y al cabo, la abstracción, lo mismo que todo los placeres, es un territorio de juventud que cada vez me pertenece menos.
En marzo la factura del teléfono fue sangrante. Claro, me llamó Lester Young desde los USA: Lester swings, inmejorable consorcio en mis momentos apacibles. La vida es así, bienvenida banalidad, te ayuda a llegar indemne hasta la cena y, ¡Zas! De pronto, te llama Thelonius Monk a cobro revertido, 85th birthday celebration.
Y, claro, caí de bruces en abril hecho un lío con lo de los chechenos y el impresentable del Boris Yeltsin. Pero igual que a Joaquín Sabina, me lo robaron (el mes de abril), así que decidí alistarme en las fuerzas irregulares chechenias, pero rechazaron mi solicitud de plano por mis consabidos problemas de vista, altura y peso, por no mencionar mi fascitis plantar. Como se comprobó luego, abril resultó un mes poco apto para los buenos deseos. En lugar de eso, leí Los miserables de Victor Hugo y me enganché a la primera.
En junio hubo elecciones y me dejé caer por el colegio electoral a depositar mi papeleta. También estaba la exposición de Mapplethorpe. Estaba su obra porque él llevaba ya un tiempo finiquitado. Sus fotografías colgaban de las paredes de la Fundación Miró: tíos en pelota y unos penes majestuosos que hubieran escandalizado al maestro Hitchcock, tan sutil él, con su erotismo subyacente, tan etéreo y elegante como los largos besos de sus protagonistas, que se pegan el lote mientras dialogan sobre cuestiones intrascendentes. Mapplethorpe, el sobrevalorado. Eso lo dijo Ramón de España a quien igual los gays no le caían bien, y el cual, a su vez, acabó cayendo, como tantas otras promesas, en lo gracioso e histriónico, y, por eso mismo, reciclado al periodismo de crónica urbana. Por supuesto, las fotos de Mapplethorpe valían la pena. Lo explícito catapultado al arte, porque ¿quién teme al lobo feroz?
Llueve en septiembre y los chechenos siguen con su matraca y lo que les espera. Lo sé de buena tinta.
Octubre invade las calles de hojarasca y el viento racheado se lleva los malos pensamientos, todo tan rápido que casi no me da tiempo de pensar en nada que no sea el paso del tiempo. El otoño a veces se hace pequeño como los bonsái y cabe en un puño, y el silencio cabe en otro silencio (¿por qué quién es capaz de meter su silencio en otro silencio que no sea el suyo?). Todo como las muñecas rusas, porque el silencio y la soledad van de la mano, uno dentro del otro, y viceversa, todo tan precario y hermoso a la vez. Tristeza otoñal, dicen los poetas. Entonces vas y pones el compacto de Chick Corea, Touchtone, una grabación de 1982 en la que colaboraron Paco Lucía y otros genios de la guitarra, y se te comprime la médula ósea, y finalmente el esternón, y así, empequeñecido, percibes ese modesto éxtasis cuando llueve ahí fuera y diluvia aquí dentro...
Noviembre se despide de octubre sin darme ocasión a decir esta boca es mía y, claro, mi gato que poco a poco se va haciendo mayor, y ya sólo maúlla cuando le da la real gana y no cuando quiero yo, porque la vida es, entre otras cosas, una contradicción. Me mira condescendiente y parece decirme, tranquilo, más se perdió en Chechenia. Y yo se lo agradezco de todo corazón, porque este diciembre no se acaba nunca y no hay dónde puñetas meterlo, y, sin embargo, un gato sí que cabe en un silencio. Y yo sin acabar de entender, inspector, cómo ha tenido usted la paciencia de escucharme todo este tiempo, claro que por no entender tampoco comprendo porque me deriva al psiquiatra cuando le he dado tantas pruebas de mi culpabilidad, un caso claro de asesinato con premeditación y alevosía. ¿Quién, sino yo, puede haber matado al tiempo? Caso cerrado, como suelen decir en las películas. No desperdicie esta ocasión, inspector, no le haga ascos a un ascenso. Hágame caso, su mujer se lo agradecerá.
Ilustración 1. Andy Warhol: Robert MapplethorpeObtenida en Fotos.org
http://www.fotos.org/galeria/showphoto.php/photo/222
Ilustración 2. Robert Mapplethorpe: 2000 Calendar

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